Sílvia Guerra

POESIA VOLUME 5 NÚMERO 1


LÁQUESIS


Es un prisma. Es un prisma que gira.

Es un prisma que fragmenta la luz, la descompone.

Es un sueño la luz.

Es un sueño la luz que se repite.

Es un espacio verde, que se hiciera

Hay dos amordazados en la luz

en el preciso verde.

Gira una vez el prisma y se hizo tarde.

Gira una vez la luz y hay un zapato suspendido en la esquina

un montón de arañitas verdes, casi transparentes que caminan

incendiándose el lomo, sobre una tela casi transparente que no

deja respirar a los que de una manera casi transparente

empiezan a quemarse.

Afuera, alguien salta tratando de mirar por la ventana

un golpe apenas en el vidrio, una marca de sangre.

Y es la luz, los irisados tonos de la angustia

Ese silencio bordado de la tela

Crujiendo, desde la lluvia verde, casi transparente.



LA ESPERANZA


Siempre. Como un punto blanco y arrasante

una luz, de pura esencia necesaria. Incandescente.

Cegada por la luz, la boca abierta

palpita algo en el valle, ruido de agua

Hojas de eucalipto perfumado

Algo de paz se recoge sobre el oro esparcido

Algo, parecido a la misericordia

Queda.


* * *


Por ejemplo: el calor. En cualquier parte del día Incendia la columna, llena de agua pliegues, recovecos de los que se desconocía su existencia. Sí. Sí.

Aparecen membranas mientras va cantando el día

Y todo lo que está, florece. Olores. De las flores, orín, olor del corazón bombeando negro apretujado ya falto en su raíz. Sí, Olor del miedo cuando joven la grupa por el monte fulgía. Sí. Y más acá paisajes, con aviones, los ríos dibujándose en el mapa. Todo el ras de la tierra en polvareda. Más miedo despertado en los incidentes de la tarde. Ah. La definición se ve impelida el tiempo pasa sucediéndose en tramos, extremos, la música disuelve los huesos de los hombros, los pequeños omóplatos. Esa es la unción de los pezones incipientes un día, raya, la foto mantiene la espalda en presente infinito frente al agua. Ahora en la voz, ahora en el cuello que se cede, en el calor. Traicionero. El cuadro de Brueghel desplegado en las tablas donde pasa a la vez, todo. Simultáneo. El calor, los montes de hace un rato desprendiendo olor a matorral, un poco de sangre en la corteza colándose hacia abajo. No hay resultados, todo es, al mismo tiempo.


* * *


la otra punta de la línea se balancea la impotencia

Pero en medio está todo. Pugnando por su forma imposible. Acumulándose en el producimiento interminable. Se huele se oye el ruido de fondo que acelera su pulso. Emerge de los sueños mezclada con la niebla en jirones, crujiendo de asombro en la penumbra. Acunada, y el diálogo amoroso que descansa en la paz del laurel. Preferís el mes de tierra removida como marca el recuerdo y esa voz que se escucha en los andenes de alta velocidad repite no te creas –no te creas–

no te creas –no te creas. Se sostiene porque la sola vida la sola manera de estar vivo ha dictado esa cifra. Que gotea en la especificidad del tramo. Aparece en los ojos la perdición justo cuando la enfermedad daba la vuelta.

La proyección tira del halo más allá. Que jala. Ya nadie sabrá nada. Solamente retumba la voz de los andenes al compás del zumbido Y parece que dice Chajá! Chajá! Chajá!


* * *


No quedaba tan claro como viene. Si es del anudamiento o es del pasmo, Nunca sabrá el olvido lo que cubre. Balanceándose como un vestido de verano en la azotea insinuaba opulencia en el verde, advenimiento de lo casto produciéndose, océano desde sí más a la espuma. Recorría la costa buscando entre las rocas veletas animales del plancton partículas de seres que la noche ilumina. Hasta ahí, el canto era otra cosa.


Después la oscuridad pone su marcha y en la pregunta aplasta lo que emerge. El mar como un fondo o apego algo que llama. Siempre a llorar por esas mismas partes de cielo, esos recortes de la costa en las desembocaduras. Hay un borde en el que crecen pinos que perfuman el viento. Una superposición de mareas, una alborada saca polvo del astro: debería el tiempo respetar esas cosas y las líneas dibujarse en otra dimensión.


Cables trenzados, rayas que no cesan. Las mujeres se agolpan. Los vestidos se achatan, quién quiere remontar esa subida, si son monos famélicos que desde la cima tiran piedras. El traje en la ventana se ventila y guarda, entre las fibras, las temperaturas de la brisa.


Puede ser que la muerte se introduzca esta tarde.

Puede ser que se anime, o que no le convenga.


Como esas rutas que atraviesan los campos, es el mismo campo compungido atravesado por la estepa aunque a esa altura ya haya surtidores, agua en baldes de lata, remansos en la sombra. Lo que queda de ahí es viento amable que a veces trae perfume de fruta, de hojas de limonero, de árboles de duraznos agrupados. Así la medianera, así el silencio de la distracción y la distancia.


Pasa una nueva altura sobre sandalias libres que lleva de otro modo la minucia. Y se desprende la blusa en la frescura del color violeta. Pasa la luz y filtra lo que el sol dejó en la fruta, más perfume viscoso, el tiempo apremia. Sólo el alrededor que queda en los cordófonos cuando pica la tarde entre las aves.


Arma la rama que dice sólo Ahora.


Los vegetales se deletrean entre los dedos.

Las yemas que apaciguan al tacto del socaire.


A la textura de su crecimiento.




Silvia Guerra nació en Maldonado, Uruguay. Sus últimos libros de poesía son Un mar en madrugada (Antología, Hilos editora, Buenos Aires 2017) Todo comienzo, lugar (Silvia Guerra, José Kozer, Editorial Casa vacía, Richmond, Virginia, 2016), Pulso (Amargod ediciones, Madrid, 2011), Estampas de un tapiz (Plaquette, Pen Press, New York, 2006), Nada de nadie (Editorial tsé tsé, Buenos Aires, 2001). La sombra de la azucena (Editorial Cantus Firmus, New York, 2000). También publicó Fuera del relato, Una biografía aproximada de Lautréamont (Ed. Bassarai, España, 2007), Historias de un pueblo que dejó de serlo (H editores Montevideo, 2014), tres pequeños relatos para chicos a partir de hechos históricos de Maldonado. Co editó con Mariela Dreyfus, Juan Parra del Riego, Poesía completa (editorial Sibila, España, 2013). Seleccionó y prologó El río y otros poemas de Amanda Berenguer para la colección de Clásicos Uruguayos, 2011. Compiló y editó la edición crítica de la obra reunida de Nancy Bacelo El velo magistral que esconde todo (Fundación Nancy Bacelo, 2011).



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